Lorca usaría Twitter, y lo sabes

 

Vivimos en un tiempo en el que librerías de toda la vida echan el cierre por falta de rentabilidad – una de las últimas víctimas, la Librería Santa Teresa de Oviedo- la industria literaria parece no encontrar un camino hacia la estabilidad y mientras, en los periódicos digitales se nos indica el tiempo que vamos a invertir en la lectura de un artículo. “¿Dónde queda el placer por la recreación literaria en la era de la prisa digital?” se preguntan los apocalípticos alzando las manos -y el pacharán- al cielo.

Tranquilos amigos, como en todas las historias, siempre existe un haz de luz esperanzador dentro de la dramática oscuridad. Me refiero a los denominados “poetas 2.0”, un fenómeno surgido a lo largo de los últimos años de la mano de las redes sociales. Estos jóvenes bardos cuentan ya con secciones propias en las librerías. Nombres como Defreds, Irene X o Elvira Sastre copan los primeros puestos de “los libros más vendidos del año”. Sus recitales congregan centenares -incluso miles- de jóvenes, que llenan auditorios deseosos de escuchar sus palabras, acompañadas en varias ocasiones de bases musicales, como si se tratase del concierto de la última boyband adolescente. Algo sin precedentes. Sin embargo, y a pesar del empuje al sector editorial, esta “nueva ola” es materia candente que debatir dentro de los círculos más puristas que alegan falta de calidad y el riesgo a que el público púber deje de lado a los poetas “de verdad”, sumergiéndose en las publicaciones de los autores 2.0 a lo que también siguen en sus perfiles de Twitter e Instagram para estar al tanto de sus últimas piezas.

Y una, que no se sabe callar, se pregunta. Si tomamos las aserciones de dichos detractores como ciertas, ¿estamos pues afirmando que el medio condiciona la calidad de lo escrito? Es decir, si Ángel Gonzalez, Sylvia Plath o Emily Dickinson hubieran colgado sus poemas en red, estos ¿hubieran sido denostados? Sería iluso, ingenuo, pensar que los autores que hoy en día se erigen como canónicos evitasen la difusión de sus obras por redes. ¿Acaso no imaginan a un Heminghway bien intensito, en su perfil de instagram, compartiendo sus reflexiones desde un café parisino, aplicando sutiles filtros a una foto de su cuaderno con la torre Eiffel de fondo y la quote “París era una fiesta”? ¿No sería el propio Lord Byron uno de estos influencers a los que amamos y aborrecemos por igual, con sus arrebatos románticos, sus vidas descabelladas y sus nudes? La maravilla que hubieran supuesto estas plataformas en términos de interacción, de enriquecimiento interdisciplinar en tiempos de vanguardia. (El Tumblr de Dalí, una golosina).

Concluyo así por tanto que en el mundo de la poesía 2.0 hay de todo, como en botica. Como siempre ha sido. Que un espacio para lo nuevo, lo contemporáneo, no implica un rechazo del pasado. Enraizarse en lo anterior y no avanzar, ahí reside el error. En la humilde opinión de una servidora, que se vale de las redes para difundir sus escritos, estos jóvenes -me gusten más o menos- plantan cara al clásico “los millenials no hacen nada” y hacen lo que a muchos se le ha resistido durante décadas, acercar al público joven un género que hasta hace bien poco era considerado paria, el intocable de la estantería.

Queridos, no nos engañamos. Lorca usaría Twitter. Y lo sabéis.

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